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La Leyenda de Gilgamesh

G.I.Gurdjieff, "Encuentros con hombres notables"


     Entre las muchas impresiones fuertes de las varias historias de mi padre, que dejaran su señal por mi vida entera, hubo una que me sirvió en los años posteriores, quizás no menos que cinco veces, como un factor espiritualizador que me permite comprender el incomprensible.
     Esa fuerte impresión, que más tarde me sirvió como un factor espiritualizador, se cristalizó en mí cuando, una tarde, mi padre recitaba y cantaba la leyenda del Dilúvio antes del Dilúvio y entonces surgió entre él y cierto amigo una discusión sobre este sujeto.
     Esto ocurrió en el período cuando, debido a circunstancias de la vida, mi padre se vió obligado a hacerse un carpintero profesional.
     Este amigo a menudo pasado a verlo en su taller, y a veces ellos se sentaban toda la noche reflexionando por mucho tiempo sobre el significado de leyendas y refranes antiguos.
     Su amigo no era ningún otro sino el Decano Borsh de la Catedral Militar de Kars, el hombre que pronto debía hacerse mi primer tutor, el fundador y creador de mi presente individualidad y, como se dice, el tercer aspecto de mi “Dios interior”.
     En la noche en que esta discusión ocurrió, yo también estaba en el taller, así como mi tío, quien había venido a la ciudad aquella tarde, de un pueblo vecino donde él tenía grandes negocios de jardines y viñedos.
     Mi tío y yo nos sentamos juntos silenciosamente sobre las almohadas suaves del cardador y escuchamos al canto de mi padre, quie cantaba la leyenda del héroe babilonio Gilgamesh y explicaba su significado.
     La discusión surgió cuando mi padre terminó la canción veintiuna de la leyenda, en la que cierto Ut-Napishtim relaciona con Gilgamesh la historia de la destrucción por inundación de la tierra de Shuruppak.
     Después de esta canción, cuando mi padre hizo una pausa para llenar su pipa, él dijo que en su opinión la leyenda de Gilgamesh vino de los sumerios, un pueblo más antiguo que los babilonios, y que indudablemente justo esta misma leyenda era el origen del cuento del Diluvio en la Biblia hebrea y sirvió como base para de la visión cristiana del mundo; sólo los nombres y algunos detalles habían sido cambiados en ciertos sitios.
     El padre decano comenzó a oponerse, presentando muchos datos al contrario, y el argumento se hizo tan acalorado que ellos hasta se olvidaron de mandarme a la cama como por lo general hacían en tales ocasiones.
     Y mi tío y yo también nos interesamos en la controversia que, sin ningun movimiento, nos quedamos sobre las amohadas suaves hasta el amanecer, cuando por fin mi padre y su amigo terminaron su discusión y se separaron.
     Esta canción veintiuna fue repetida en el curso de aquella noche tantas veces que se grabá en mi memoria por toda la vida.
     La canción decía así:

Te contaré, Gilgamesh,
De un misterio triste de los Dioses:
Como una vez, habiéndose encontrado juntos,
Ellos resolvieron a inundar la tierra de Shuruppak.
La clarividente Ea, no diciendo nada a su padre, Anu,
Ni al Señor, el gran Enlil,
Ni a aquel que da felicidad, Nemuru
Ni hasta al príncipe del mondo inferior, Enua,
Llamó a si su hijo Ubara-Tut,
Y de dijo: Construye para ti un barco,
Lleva los que están cerca de ti,
Y lo pájaros y bestias que te gusten;
pues los Dioses Irrevocablemente se resolvieron
Inundar la tierra de Shuruppak.

     Los datos formados en mí, durante mi niñez, gracias a las impresiones fuertes que recibí durante esta discusión de un tema abstracto entre estas dos personas que habían vivido sus vidas hasta la vejez relativamente normalmente, trajeron un buen resultado para la formación de mi individualidad, de lo que me di cuenta sólo mucho más tarde, a saber, justo antes de la grande guerra europea; y desde entonces eso comenzó a servirme como el factor espiritualizador antedicho.
     El choque inicial para mis asociaciones mentales y emocionales, que causó esta conciencia, fue lo siguiente:
Un día leí en cierta revista un artículo en que se decía que habían sido encontradas entre las ruinas de Babilonia algunas pastillas con inscripciones que los eruditos estaban seguros de no teneren menos de cuatro mil años. Esa revista también imprimió las inscripciones y el texto descifrado —era la leyenda del héroe Gilgamesh.
     Cuando comprendí que era la misma leyenda que yo a menudo oía de mi padre cuando niño, y en particular cuando leí en este texto la canción veintiuna de la leyenda en casi la misma forma de exposición que las canciones y cuentos de mi padre, experimenté un tal entusiasmo interior que era como si todo mi destino futuro dependiera de todo esto. Fui golpeado por el hecho, al principio inexplicable, que esta leyenda había sida transmitido por ashokhs de generación en generación durante miles de años, y aún así había alcanzado nuestro día casi inalterada.
     Después de este acontecimiento, cuando el buen resultado de las impresiones formadas en mi niñez por las narrativas de mi padre finalmente se hizo claro a mí — el resultado que cristalizó en mí un factor espiritualizador que me permite comprender aquello que por lo general parece incomprensible — he a menudo lamentado haber comenzado tan tarde a dar a las leyendas de la antigüedad la inmensa importancia que ahora entiendo que realmente tienen.

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